Cómo aprender a tener paciencia

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Actualmente el tener que esperar es concebido en muchas ocasiones como una sensación de estar perdiendo el tiempo. Poco importa lo que se tenga que esperar, se tacha como no eficiente. Y es que, el ritmo del día a día conlleva en muchos casos un ritmo ciertamente frenético donde parece primar más el correr que el correcto hacer, sin importar el tipo de tarea. Hoy en el blog os quiero hablar sobre los efectos negativos de la impaciencia y cómo aprender a tener paciencia. 

El hecho de vivir en una gran ciudad o en el campo bien dista en los ritmos que se llevan en un caso y en otro. La gran ciudad implica en un elevado porcentaje, ir corriendo a la vez que se cuenta el tiempo, como si se escapará a gran velocidad entre nuestras manos. Por su parte, en el campo el ritmo es mucho más distendido. Obviamente, hablo de manera genérica, pues después también depende de cómo vive el día a día la propia persona. Centrándonos en primer lugar en la parte ambiental, seguramente habrás podido experimentar una gran diferencia en el ritmo del día a día en un ambiente y en otro.

 

¿Qué diferencia el ritmo en un entorno u otro?

Un punto muy  importante son las personas: cómo viven, cómo se relacionan, cómo disfrutan, cómo se sienten…  Y es que como humanos somos animales sociales. Ello implica que repercuta de una forma notable cómo yo esté en relación a mi entorno/ambiente social y viceversa. Basta que hagas un sencillo experimento: prueba en hora punta del metro en una parada concurrida, ir a un ritmo suave, ¿qué ocurre? Pareciera ser que para los demás eres una molestia por no apartarte o interrumpir su camino. ¿Por qué? El ritmo suave es el que debiera ser el ritmo natural, sin embargo el instaurado en el ejemplo del metro es ciertamente frenético. Y es que, nos podemos encontrar con situaciones tales como personas corriendo como si no hubiera un mañana para llegar a coger el metro y evitar tener que esperar 2 minutos. Otro ejemplo sería apreciar la conducción del resto de conductores a mi alrededor; qué frecuentes son los pitidos, o los adelantamientos. No sucede un accidente porque no tiene que suceder, no porque no se haya echado números para ello.

Con estos dos ejemplos tan y tan mundanos y cotidianos, me gustaría que pudieras apreciar cómo responde tu entorno en un día a día. Ante esa actitud externa, ¿cuál suele ser tu respuesta? Si uno se deja llevar entrando en el bucle del correr, desde luego es un ritmo en el que no hay tiempo que perder, no puedo esperar, tengo que… ¡YA!  

En cambio, cuando el entorno en lugar de ser hostil es como más “amigable”, es decir, si en lugar de una jungla nos imaginamos una pradera verde ¿qué sucede ahí? No hay una necesidad tan vital de supervivencia. Ello equivale a decir que deja de instaurarse el piloto interno (frecuentemente inconsciente) de la amenaza externa, y se puede disfrutar, por ejemplo, de ir caminando por la acera. Pues en entornos “amigables” hay por ejemplo, orden en las personas que van caminando. No hay necesidad de atropellar a nadie y no se establece un ritmo caótico.

 

¿Qué sucede si espero?

Debido a esos ritmos no permitidos de parar se está perdiendo el concepto y la aplicación de esperar. Y es que aprender a tener paciencia es esencial para estar bien con uno mismo. Si bajamos el ritmo, se instaura la inmediatez y casi la exigencia de que todo tiene que ser para ¡YA! Sin embargo, si entramos a jugar a ese juego, flaco favor nos estaremos haciendo. Pues el ritmo será tan frenético que difícilmente se cuenta con vitalidad para afrontar el día y el estado psíquico-emocional suele verse afectado notablemente; apatía, irritabilidad, mayor sensibilidad, insomnio o falta de descanso, nebulosa mental, cefaleas/migrañas, descomposiciones/estreñimiento, y un largo etcétera. Y todo ello producido en gran medida por no P-A-R-A-R.

Te animo encarecidamente a que experimentes qué sucede si te permites esperar, incluso que llegues a disfrutar de esa espera. Qué aprendas a tener paciencia. Experimentando como tu sistema nervioso simpático disminuye las revoluciones, obtienes mayor oxigenación y mayor claridad mental con el simple acto de parar.

 

Trucos para vencer la impaciencia

Prueba estos simples consejos y verás cómo vencer la impaciencia es posible: 

– En lugar de cruzar, todo y no pasar circulación, prueba a esperar a que el semáforo esté en verde.

– En lugar de ir corriendo a coger el transporte público, permítete ir caminando sin ir corriendo. Pudiendo disfrutar de esos minutos que en otro momento pudieran verse como angustia.

– Estar haciendo cola, por ejemplo, en el supermercado, evitando estar mirando el teléfono móvil. 

– Identificar situaciones y/o personas que despierten la impaciencia en ti, que generen que actúes de manera impulsiva e incluso reactiva. De forma que puedas cambiar el enfoque permitiendo que no te arrastre esa situación y/o persona.

– En el momento en que detectes que estás corriendo, permítete parar y observar realmente por qué tienes tanta prisa, qué sucede si pasan 5-10 minutos…

– Permitir escuchar a los demás. En lugar de interrumpir a la otra persona mientras está hablando, permite que se exprese completamente para entonces poder darle respuesta.

 

Busca que haya momentos a lo largo de todo el día en los que pares y puedas estar por y para ti, sin distracciones o inputs externos. Verás que grata sensación se experimenta y cuantísimo lo agradece tu organismo. 😉

Si aún así con estos consejos, te cuesta, te recuerdo que tenemos un servicio terapéutico de gestión emocional a través del cual te daré pautas para ayudarte a gestionar tus emociones en el día  a día y mejorar así tu calidad de vida. 

“Y es que todo llega para el que sabe esperar”.

 

Mónica Larruy Carrete – Noviembre 2020

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